Los 70’s fueron mágicos. En esos años se vivió una de las revoluciones
culturales y sociales más importantes de la historia, liderada por una
generación inquieta, en busca constante para cambiar las reglas. Dicha
revolución se trasladó a todos los ámbitos, y como no, a la industria de
la relojería. No voy a entrar en lo que representaron los setentas para
esta industria, que cómo muchos ya sabréis, fué un punto de inflexión
con la llegada de los relojes de cuarzo que provocó un cataclismo en la
tradicional relojería dominada por los suizos. Esto es un tema que
merece un capítulo aparte, a poder ser, explicado por alguien con
concimientos y capacidades mucho más grandes que los míos.
Yo quería referirme a esos maravillosos años, dónde la capacidad por
crear nuevas formas estaban en el orden del día. Aquí es donde aparece
el peculiar germen del reloj que hoy quiero mostraros. Se trata del
Heuer Mónaco. Un reloj extremadamente atrevido, que en el momento de su
lanzamiento fué un “fracaso en ventas”. Así lo dijo textualmente Jack
Heuer, el padre de la criatura. Seguramente el motivo principal de este
fracaso fué su atrevida caja cuadrada fabricada por Piquerez, que por
cierto era hermética a 50m, cosa inédita en los cronógrafos de la época.